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Nuestra patética mendicidad

  • Escrito por Vladimir Galeana Solórzano

sinpunto

Me parece que en la Ciudad de México las realidades distan de ser las que percibimos cotidianamente, y que quizá las comentamos sin reflexionar como parte de nuestra habitualidad y fuera de cualquier contexto político porque la sentimos como algo muy nuestro a la vez que nos habituamos a compartirla, lo que nos otorga la posibilidad de mantener armónicamente nuestra individualidad y esa generalidad que nos permiten la

circunstancia de la cohabitabilidad.

Quizás ese sea el secreto de nuestra generalidad individual, aunque parezca una contradicción.

Lo que conocemos como la Ciudad de México es un conjunto de comunidades que se fueron uniendo por la fuerza del tiempo, y la aceptación tácita de nuestra disímbola vecindad, y es esa heterogeneidad la mayor fortaleza de la identidad de quienes habitamos el altiplano mexicano, y cuya transformación hemos construido a base de uniones no pedidas y asociaciones nunca planeadas, que al final nos llevaron a esa lejana cercanía de nuestra urbana necesidad.

Si bien es cierto que los mexicanos tenemos ricas y variadas formas de mantener nuestra a veces innecesaria unión, todos los días reforzamos la lejanía de vecindad cotidiana para ensimismarnos en la habitualidad que nos han diseñado nuestros gobernantes. Ese es el México al que pertenecemos en nuestros momentos de cohesión, y el México que nos separa a causa de las reyertas de quienes pretenden gobernarnos y representarnos, aunque para ello tengamos que marcar una momentánea separación a causa de las reyertas políticas.

El hartazgo colectivo de los malos gobiernos, volvió modelo aspiracional las prédicas de los contrarios y decidimos sacudirnos el yugo de la oligarquía para dar paso a una nueva expresión que al paso del tiempo también se transformaría en otra forma de oligarquía, y el problema es que ahora pretendemos hacer brotar otra nueva expresión de lo mismo ante los vetustos restos de la presente para construir una oligarquía más en ese destino que tienen los pueblos de dar vueltas a lo conocido intentando encontrar lo desconocido.

Quitamos al PRI porque se anquilosó en las prácticas de la corrupción, y permitimos que los advenedizos establecieran un nuevo modelo de hacer política con el mismo fin de la acumulación de riqueza. Las comaladas de potentados tricolores fueron suplidas por las comaladas de potentados amarillos, y ahora muchos están dispuestos a cambiar los colores de la nueva comalada para pintarlos de rojo, pensando que cambiando de colores cambiamos de identidad.

La triste realidad de nuestra frustrada colectividad es que lo realmente patético es nuestra forma de hacer y entender la política, y en esa equivocada concepción es donde pretendemos encontrar las explicaciones más certeras de nuestra compartida y desgastante habitualidad, esa que nos obliga a establecer pactos para cambiar realidades sin que la esencia de nuestra cohabitabilidad nos permita avanzar hacia la construcción de mejores gobiernos. Quizá sea porque dejamos hacer Gobierno a los inadaptados es que nos volvimos como ellos. Lo peor es que podemos volver a equivocarnos. Al tiempo.