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Veneno

  • Escrito por Roberto Cienfuegos J.

Singladura 
Una vez más, los “chilangopolitanos”, un término acuñado por el extinto historiador y
cronista de la ciudad de México, Arturo Sotomayor de Zaldo, estamos respirando en estos días algo que ni siquiera las autoridades saben qué es. Lo llaman partículas finas (PM2.5). Sólo las conocen especialistas, que las consideran contaminantes y muy dañinas para la salud. No sabemos mucho más y tampoco se miden en todas las estaciones de monitoreo del país.
Desconocemos en consecuencia qué tipo de elementos atmosféricos invaden nuestros organismos. Sabemos que es un enemigo desconocido, cuyas consecuencias pudieran ser desde dañinas hasta mortales. Ya habrá efectos en la salud y quizá nunca lleguemos a explicarnos qué estamos respirando y/o por qué nos enfermamos o vivimos menos. Así andamos en la ciudad, una urbe tóxica no sólo en el ámbito atmosférico, sino en muchos otros renglones.
Los “chilangopolitanos” somos clase aparte por la exposición a todo tipo de venenos. No hay una explicación y menos una definición de políticas urbanas que eviten, tarde o temprano, el colapso de esta megaurbe monstruosa, sometida a una presión casi increíble en todos sus ámbitos.
Hace tiempo vengo insistiendo en que urge la adopción de un plan para detener el crecimiento anárquico, criminal y estúpido de la ciudad. Claro, no soy un experto en nada y tampoco tengo ningún poder, salvo el que me confiere mi condición de ciudadano, es decir, prácticamente nada aun cuando religiosamente pague mis impuestos –desmedidos por lo demás- y me arriesgue a sobrevivir en esta mi ciudad natal.
El Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (Inecc) hace ver estos días de abrumadora contaminación atmosférica que imperan partículas suspendidas con diámetro de 10 micrómetros (millonésima parte de un metro) y de 2.5 micrómetros, tan pequeñas, que pueden llegar a las partes más profundas de los pulmones, lo que afecta sobre todo a la población sensible como niños, ancianos o con problemas respiratorios; pueden incrementar la mortalidad prematura y el cáncer de pulmón.
¿Qué hacer? Cabe preguntar de manera básica. Sugiero a Claudia Sheinbaum, una doctora por la UNAM, que ponga en marcha ya, de manera urgente, un plan para detener el crecimiento demencial de la capital mexicana.
Hace poco más de un año, en este mismo espacio, dije que los gobernantes de la ciudad de México tienen y, peor aún, practican la mala maña de crecer como si esto fuera la mejor y única solución para los ingentes problemas que agobian y, peor aún, amenazan a la capital del país.
Crecer parece ser la consigna de cuánto “gobernante” llega o se hace del poder. Así es la historia de los últimos años, décadas ya. Creen que el problema número uno de la capital mexicana es la falta de crecimiento.
Y la ciudad creció y se multiplicó, alentada en buena parte por los negocios que implica para unos cuantos el crecimiento urbano, así cueste la expropiación de centenares de inmuebles, la tala aberrante de miles de árboles y el crecimiento desmesurado de la capa asfáltica.
Hay demasiadas obras de infraestructura e inmobiliaria cada vez más avasalladoras de la ciudad como parte de la consigna pública número uno de los gobernantes: crecer a cualquier precio. Los segundos pisos, las ampliaciones de avenidas y aún las nuevas rutas del metro para conectar puntos ignotos y desconocidos por una inmensa mayoría de residentes de la ciudad, fueron la pauta.
Y qué bien podría decirse. El crecimiento es bueno, podría argumentarse. Mas no siempre, hay que decir. La ciudad, como cualquier ente vivo, enfrenta límites al crecimiento desmedido, desordenado, inmenso, contrahecho. Pero eso a pocos importa. Menos a los gobernantes, que al amparo del crecimiento se han enriquecido con el ánimo de conjurar el peligro personal de ser políticos pobres, así resulte en perjuicio de los capitalinos y de quienes habitan en las goteras de la megalópolis mexicana en que se ha convertido –la han convertido- toda clase de “políticos” mercachifles.
Es tiempo de que alguien piense en la urgencia de poner un alto al crecimiento de la ciudad, aun y cuando esto implique la renuncia a pingües negocios a costa de la capital del país. No podemos ni debemos seguir creciendo al ritmo que llevábamos. Si persistimos, todo nos quedará chico. De hecho, ya todo nos queda chico. Es obvio. No hay ciudad en el mundo que soporte un crecimiento imparable. Es peligroso y sólo por eso hay que evitarlo. La doctora Sheinbaum está al bat.
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@RobertoCienfue1