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El naufragio de la democracia

  • Escrito por Andrés A. Aguilera Martínez

EL ESTADO Y SUS RAZONES  
Tras la evolución de la humanidad y en aras de las ideas liberales, la
democracia fue establecida como la forma más acorde para gobernar, pues implica la participación de las personas en el ejercicio del poder público, lo que —al menos en teoría— generaría una mayor equidad y responsabilidad, al tiempo que se privilegiaba a la libertad como principal condición de las personas. Bondad, fraternidad, solidaridad, justicia y la consideración de los unos hacia los otros, se supusieron valores intrínsecos al ser humano; sin embargo, la historia nos ha mostrado que ello no siempre ha sido así, por el contrario, pareciera que esos valores son excepcionales a nuestra condición y circunstancia.
La condición del gobernante, político o servidor público no implica —por si misma— una solvencia moral excepcional; por el contrario, a la luz de escándalos de corrupción, impunidad, autoritarismo e ineficiencia, pareciera que solamente personas con intereses egoístas están interesados en la cosa pública, lo que ha traído como consecuencia que exista una desilusión generalizada para con la cuestión pública y todo aquello que tenga que ver con la política en general.
En los últimos años el desarrollo y mejoría en la vida de las sociedades en la mayoría de las naciones del orbe se ha estancado, lo que —lamentablemente— ha coincidido con la exaltación de la democracia como valor máximo en la vida política. La gente ha dejado de ver en la democracia y sus formas una opción real para el bienestar, pues los gobiernos inciden cada vez menos en ello, pues la idea política prevaleciente —vinculada y coincidente con la exaltación democrática— ordena que el desarrollo de las sociedades debe ser producto del libre desenvolvimiento de las leyes del mercado y de la voluntad de las personas.
Ante este escenario, junto con las condiciones de una realidad mucho más compleja, la mayoría de las personas viven una desilusión del modelo democrático. Tan sólo en América Latina, la mayoría de los países están desilusionados del sistema democrático. Según el estudio 2018 de la Corporación Latinobarómetro (www.latinobarometro.org/latdocs/INFORME_2018_LATINOBAROMETRO.pdf) el promedio de satisfacción de los latinoamericanos con la democracia es del 24% en promedio; en tanto que sólo el 16% de los mexicanos están satisfechos con esta forma de gobierno.
Como podemos observar, la democracia ha perdido adeptos y simpatías entre las personas, pues la perciben como un sistema ineficaz que no ha cumplido las expectativas generadas, lo que ha provocado que la gente mire hacia otras opciones, popularmente más aceptadas pero que arriesgan peligrosamente la libertad.
Las primeras décadas del siglo XXI se presentan, peligrosamente, como el naufragio de la democracia y abren las puertas al arribo de autoritarismos que llegan al poder como opciones de reivindicación social, con posturas altamente populares y carentes de sustento, como solución ante la evidente falta de bienestar, pero que abren la puerta al retorno del fascismo y de oligarquías que se enquistan en las instituciones públicas en detrimento de la libertad y los derechos de las personas.
@AndresAguileraM