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Víctor Hugo Rascón Banda, el dramaturgo que dio voz a los olvidados

  • Escrito por Redacción
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Con sensibilidad, creatividad y talento, Victor Hugo Rascón Banda (Uruáchic, Chihuahua 6 de agosto de 1948-Ciudad de México 31 de julio de 2008), plasmó en su dramaturgia una mirada crítica al México de finales del siglo XX que no era ajena al contexto social, político y económico.

Y es que el dramaturgo, narrador, académico, guionista y crítico teatral consideraba que el teatro es una caja de resonancia de lo que sucede a nuestro alrededor por lo que no puede reflejarse algo diferente de lo que existe.

“Ojalá y viviéramos en un mundo ideal para hacer un teatro bucólico, pero desgraciadamente vivimos una época terrible y no puede soslayarse esa circunstancia, aunque uno se encierre entre cuatro paredes: hay crisis, inconformidad, violencia, caos”, llegó a escribir en una de sus columnas.

En su libro Así es el teatro de la colección Periodismo Cultural editada por la Secretaría de Cultural federal, la periodista Alegría Martínez, lo define como “el dramaturgo que documenta lo inescrutable”.

En sus más de 50 obras, Victor Hugo Rascón Banda se ocupó de la violencia urbana, la miseria, la ambición, la burocracia, la injusticia y las pasiones que conllevan conductas antisociales.

Dentro de este panorama, destaca la manera en que le dio voz a personajes vulnerables, olvidados o señalados por la sociedad para desentrañarlos y acercarse a las circunstancias que los llevaron a una vida de dolor y sufrimiento.

Es el caso de Homicidio calificado, obra basada en un hecho real ocurrido en Dallas, en el que un policía mató a un menor dentro de una patrulla, al sospechar que el niño había robado en una gasolinería.

“La obra va mucho más allá de la anécdota; Rascón Banda, como abogado que es, plantea la acción en la corte, donde un juez porta un fuete en vez de mazo y donde los abogados vestidos a la usanza de lo setenta, con enormes y coloridos zapados de plataforma, repiten una y otra vez sus preguntas y formulan sus hipótesis veladas. Sin embargo, una vez establecido el campo legal del hecho, el dramaturgo aborda las circunstancias”, escribe Alegría Martínez.

También sobresale Cada quien su vida, que refleja la vida de las prostitutas de la década de los cincuenta y muestra estereotipos de la época en la que predominan temas como el pecado, el castigo y la redención.

La historia se desarrolla un 31 de diciembre en un cabaret de pueblo, en donde prostitutas esperan la llegada de clientes, entre los que se encuentran un diputado y un profesor, quienes comparten sus experiencias y problemas.

Sobre esta pieza que es una versión libre de la obra de Luis G. Basurto, la crítica teatral Alegría Martínez apunta: “Es una especie de invitación a un mundo hostil que nos obstinamos en olvida, pero también un vistazo a nuestra realidad cruda”.

Por otro lado están las voces de las mujeres que han sufrido la exclusión y la desigualdad en diferentes contextos, desde el ambiente rural al urbano.

En Sazón de mujer, se plasma la historia de una menonita, una maestra rural y una joven tarahumara, cuyas vidas han estado siempre ligadas a la cocina regional.

En Sabor de Engaño, se aborda la caótica relación de una joven pareja de actores. Alfonso busca hacerse un lugar en el frívolo mundo del espectáculo, mientras Perla tiene que abandonar su carrera de actriz y conseguir un empleo formal para sacar adelante los gastos de la casa. La difícil situación conyugal se complica  cuando el ingenuo Armando, hermano del protagonista, llega a vivir al pequeño departamento de los actores, seguido de Paola,  la joven hermana de Perla, quien llega a México procedente de Guadalajara dispuesta a ser estrella de la televisión a toda costa.

En Voces en el umbral, la dominación de un pueblo por una civilización distinta es narrada por dos mujeres acompañadas de sombras y fantasmas. La relación entre ellas resulta una metáfora entre dos mundos, mientras que su existencia es atravesada por presencias masculinas. 

Para la actriz Luisa Huertas, Rascón Banda siempre puso un especial énfasis en los personajes femeninos “ya que él conocía muy bien el alma femenina y sus complicaciones. Además de que la sabía escudriñar pero de una manera muy respetuosa y al mismo tiempo profunda, por eso sus personajes son entrañables, dolorosos o luminosos”.

Es así como el dramaturgo, asegura Myra S. Gann en su texto El teatro de Víctor Hugo Rascón Banda: Hiperrealismo y destino, “utilizó situaciones y personajes muy populares para elaborar un sistema de símbolos tan fuertemente sentido que el drama se convierte en poema alegórico”.

Victor Hugo Rascón Banda estudió en la Escuela Normal Superior José Medrano. Más tarde obtuvo la maestría y el doctorado en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Su vocación por el teatro lo llevó a inscribirse en el Centro de Arte Dramático, en donde adquirió grandes conocimientos sobre la dramaturgia. También fue alumno de Héctor Azar, en dirección escénica, y de Vicente Leñero y Hugo Argüelles en creación dramática.

Desempeñó cargos como el de presidente de la SOGEM; vicepresidente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores. Fue miembro de la Comisión de Artes y Letras del Conaculta y del Consejo Consultivo del Instituto Mexicano de Cinematografía. De igual manera, colaboró en la revista Proceso.

Obtuvo diversos reconocimientos y distinciones como el primer lugar en el concurso de poesía del Ayuntamiento de Ciudad Juárez, Chihuahua (1970), el Premio Nacional de Teatro Ramón López Velarde por Salón Plaza (1981), el Premio Latinoamericano de Teatro por Tina Modotti (1981), el Premio Xavier Rojas por Armas blancas (1981), el Premio Nacional Juan Rulfo para primera Novela 1991 por Contrabando. Cuatro premios nacionales otorgados por el Gobierno de Costa Rica 1991 a Voces en el umbral. Cuatro premios de la crítica, entre ellos, a la mejor obra de autor nacional, en 1993 por La casa del español y el Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 2001.