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Disfraces

  • Escrito por Roberto Cienfuegos J.

SINGLADURA

Desconozco, ¿quién puede saberlo, objetivamente? Quién de los tres, Anaya, López Obrador o Meade –en estricto orden alfabético- ganará la presidencia de México en julio próximo, pero si doy prácticamente por hecho que uno de ellos será el relevo a partir del uno de diciembre de este año del presidente Enrique Peña Nieto. Uno de estos tres políticos se terciará al pecho la banda presidencial, el máximo honor y culminación en la

carrera de cualquier político, en cualquier país del mundo. ¡Ufff!

Al margen de quién de ellos califica mejor para semejante cargo, algo que se dirime ya por estos días con enorme intensidad entre la ciudadanía del país, encuentro con base en el análisis más simple que ninguno de los tres termina por convencerme, entusiasmarme o hacerme pensar que ahora sí tenemos a la vista “al mero, mero bueno”. Por el contrario, cada uno de ellos me abre una duda insalvable y grave.

Peor aún, me preocupa seriamente que en cualquiera de los tres me topo con una serie de “peros” mayúsculos, y desafortunadamente no soy en ningún caso proclive a romperme las vestiduras, o las garraduras ni tampoco a creer a ojos cerrados en ninguna formación, agrupación o partido político, y mucho menos en los que operan –¿podría decirse funcionan?- en México. Mucho menos, digo, ahora que los partidos formales del país se disfrazan de todo para no ser nada, según se colige de las alianzas de todo tipo y catadura.

Por ejemplo, ¿alguien puede definirme la doctrina o principios programáticos del PRI? ¿O del PAN? ¿de Morena? ¿O del PRD? Esto sólo para aludir a las principales “fuerzas” políticas del país. Ni hablar ya del resto de partidos pequeños o de reciente cuño, muy hábiles en eso de medrar a costa de los fondos públicos que les prodiga generosamente nuestro “sistema de partidos”. ¿Y los llamados independientes? Están tan rezagados y ya desprestigiados por sus tramposas formas de sumar firmas, que a la inefable Margarita Zavala –la dama de Calderón- se le ocurrió impulsar “la candidatura presidencial única e independiente”. Qué cinismo, típico de la conducta de esta señora.

Así que sin ningún embozo, nuestros partidos políticos y ambicionantes que los acompañan se lanzan al ruedo nacional en busca del poder, simple y llano. Nada importa más que el conquistar el cargo y alzarse con la gorda. Y de todo se vale en esta guerra, que libran de la peor forma posible, en un escenario vergonzante y vergonzoso para el ciudadano, que sólo otea y que parece hoy encaminado más bien a votar por el aspirante que le parece “el menos malo”, o al que hay que dar el beneficio de la duda, porque “ya peor no nos puede ir”. Así andamos, casi casi en el desaliento total. ¡Pobre México, sin líderes que inspiren!

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