A diferencia de los países nórdicos, donde la honestidad comienza en casa y la educación es exigente, en América

Latina no es fácil encontrar un rincón libre de corrupción. Por el contrario y sin temor a equivocaciones, podemos asegurar que unos lugares son más corruptos que otros.

 Lo visto hace poco en Perú con la defenestración de José Jerí le pone los pelos de punta a cualquiera, porque se trataba de un jefe de Estado que asistía disfrazado a repartijas de botines en un restaurante cerrado para tales ocasiones. El desparpajo de Jerí en sus encuentros con empresarios chinos corruptos era para coger palco, tras lo cual se celebraban las trastiendas del Congreso para escoger un mandatario interino de cualidades poco honorables.
Cuesta trabajo imaginar otro país con una cadena tan larga de presidentes destituidos (la mayoría por hechos reñidos con la pulcritud). También es cuesta arriba suponer que todos los mandatarios enjuiciados (nueve en una década) sean pillos, porque, por ejemplo, con los años han aumentado los signos de que Alan García fue empujado al suicidio por sus enemigos, que lo querían volver picadillo. Hay también otros casos.
Los hechos insólitos e inmorales también rozan a los países nórdicos. Como hemos visto en las últimas semanas a propósito de enredo del pederasta Epstein, la contaminación llegó a Noruega y ha tocado incluso a un miembro la familia real; sí, eso es verdad, pero no quiere decir que en aquella sociedad no haya hueso sano. En Gran Bretaña ha sucedido igual con algún alto funcionario.
Ahora, en la historia de América Latina el asunto es de proporciones exorbitantes. En Argentina, por ejemplo, podemos recordar al presidente Néstor Kirchner y a su esposa Cristina, quienes literalmente se forraron en dinero al ponerle la mano a tierras y algo más en El Calafate, tal como en su momento lo denunció el periodista Jorge Lanata. Los Kirchner no han sido la excepción en Argentina. Asimismo, en México la lluvia de acusaciones contra Enrique Peña Nieto fue de grueso calibre, mientras Hugo Chávez forjaba en Venezuela un régimen de cleptócratas y asesinos. Nicolás Maduro, su esposa Cilia, los narcosobrinos y otros familiares y compinches rompieron las estadísticas con sus tropelías. Ya antes Marcos Pérez Jiménez había hacho y deshecho a su antojo, y a la hora de huir olvidó maletas repletas de documentos y dinero al pie de la escalerilla del avión. Pero bueno, he mencionado todo esto para decir que en la sociedad peruana algo huele mal y nadie sabe si eso servirá de estímulo a militares golpistas.
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