El universo del entretenimiento en México ha perdido una de sus luces más cálidas, pero el firmamento de la

memoria se enciende hoy con una fuerza renovada. Karina Duprez no solo fue una mujer de teatro, cine y televisión; fue una arquitecta de emociones y una sembradora incansable de talentos. Hija de la legendaria Magda Guzmán y del director Julián Duprez, Karina no solo heredó un apellido ilustre, sino que lo transformó en un sello de excelencia y humanidad que marcó a generaciones enteras.

Para el gran público, Karina fue la mente brillante detrás de la cámara en más de veinte telenovelas icónicas. Bajo su dirección, vivimos la dualidad inolvidable de Gabriela Spanic en La Usurpadora, nos enamoramos con la Esmeralda de Leticia Calderón y Fernando Colunga, y nos conmovimos con historias como RosalindaSortilegio y Pasión. Su capacidad para elevar la actuación a una dimensión eterna le valió el reconocimiento de la industria, pero su verdadero triunfo no estaba en los trofeos, sino en la mirada de los actores a quienes ayudó a descubrir su propia luz.

 Karina poseía un don místico: la capacidad de ver el diamante en bruto donde otros solo veían a un niño. Fue ella quien invitó a Ludwika Paleta a brillar por primera vez; quien guió la ternura de Andrea Lagunés en Gotita de Amor y la fuerza de Rossie Montenegro en Los hijos de nadie. Para ella, no había papel pequeño si se entregaba con el alma. Esa misma pasión la llevó, en su etapa más reciente, a dirigir a los estudiantes del Colegio Mahatma Gandhi en la pastorela No que no Luci. Verla ensayar con esos niños, con la misma rigurosidad y amor que si estuviera en los foros de Televisa, era una lección de humildad y vocación. Karina no buscaba la fama; buscaba que el arte fuera una llave para la libertad de los más jóvenes.

 En lo personal, hablar de Karina es hablar de una pieza fundamental en el rompecabezas de mi propia vida y la de mi familia. Ella fue nuestra llave maestra para comprender y valorar el maravilloso mundo de la actuación. Hay anécdotas que se guardan como tesoros: desde joven, yo solía bromear frente a mis novias diciendo que Karina era el único y verdadero amor de mi vida. Me gustaba decir que yo era su "novio", una complicidad que ella aceptó con esa elegancia y picardía que la caracterizaban, llamándome así, con cariño, hasta sus últimos días. Esa cercanía me permitió conocer no solo a la directora, sino a la mujer generosa que entregaba su alma en cada charla.

 Su legado, sin embargo, no termina con su partida. Se extiende y florece en su hija, Karina Ancira, y en sus nietos: Cris, Alex y Calo Pascal. Ellos son entrañables amigos y, sin lugar a dudas, un grupo de jóvenes talentosos destinados a brillar con la misma intensidad que su abuela forjó en ellos. Verlos es ver a Karina; en sus gestos y en su amor por el arte, ella sigue presente, recordándonos que el talento es una antorcha que se hereda y se cuida.

Hoy nos hace falta su presencia física, pero su paso por este mundo es de valoración obligada. Karina Duprez fue una mujer inspiradora que nos enseñó que dirigir es, ante todo, servir. Se fue la maestra, la amiga, mi "eterna novia" de la ficción y la realidad, pero se quedan sus sueños sembrados en cada niño que alguna vez pisó un escenario bajo su guía. Gracias, Karina, por enseñarnos que el arte, cuando se hace con amor, es la única forma de alcanzar la eternidad.

¡Buen viaje, maestra! Tus estrellas seguirán brillando entre nosotros.