En los últimos meses he observado el desenfado de algunos periodistas venezolanos que se exhiben en

las redes sociales como si fueran imparciales, cuando de eso no tienen nada. Antes solo se veían especímenes de ese tipo en el bando chavista pero ahora también abundan en el maríacorinismo.

 A propósito de esto surge la pregunta de si ese activismo político de periodistas disfrazados de pulcros es bueno o malo para la opinión pública, y la respuesta es obvia: se trata de una repudiable desviación ética que es necesario desnudar.
Hay quienes, incluso, sin el menor empacho se abren camino a codazos entre los espalderos de la candidata presidencial, que ahora realiza una intensa campaña electoral por las principales ciudades del mundo.
Recuerdo el caso de Hugo Chávez cuando recorría el país con discurso antisistema y su quincalla de redentor, porque existían dueños de medios interesados en cuotas de negocios, acompañados por periodistas hipócritas de distinto tamaño y pelaje, que se rasgaban las vestiduras en la defensa de la promesa del militar de freír en plazas públicas las cabezas de los dirigentes de los partidos tradicionales. ¿Lo recuerdan?
Uno de esos profesionales de la comunicación cosechó el ministerio de la secretaría de la presidencia, otro fue a la presidencia del canal 8. Otros se convirtieron en embajadores e hicieron negocios indecentes. Pues bien, algunos de aquellos camuflados hoy nadan con desenvoltura en las aguas del antichavismo, con franelas de mariacorinistas. ¡Así es la vida!
Cualquier ciudadano puede asumir posiciones políticas. Ese es un derecho ciudadano que no tiene nada de censurable, pero algo diferente son los catones que ahora tratan de descalificar a quienes no compartan la desvergüenza de vender como –si fueran imparciales–, las propagandas políticas made in usa para engatusar ingenuos. En pocas palabras, son mercachifles de las redes sociales.
Esos comunicadores activistas de la política, ni siquiera fueron capaces de criticar las descomedidas loas de María Corina Machado a Donald Trump y la entrega del premio Nobel en una oficina de la Casa Blanca, además de su identificación con los intereses económicos norteamericanos, no coincidentes con los de Venezuela. Algunos apenas han abierto la boca para repudiar las manifestaciones imperiales de Trump.
Las actitudes de ese tipo no son nuevas, siempre han existido y algunos hasta se han erigido en leyendas. En otras épocas los hubo identificados con Hitler, Stalin, Pol Pot, Mussolini y otros desalmados y después trataron de dar media vuelta, pero debemos recordarlos como ejemplos del mal. El periodismo tiene que ser en esencia contrapoder, denunciante de torceduras y abusos. Eso le da el carácter de noble a la profesión cuando se ejerce sin dobles intenciones para beneficio de las mayorías, lo que para muchos ha significado persecución, prisión y muerte.
Por eso, hoy debemos repudiar a los supuestos influencers que viajan por internet con sus descaradas torceduras, como esa señora que se permite calificar de “infiltrados” a los reporteros que formulen preguntas discrepantes de sus “verdades absolutas”.