Ciudad de México, México ::: 30 de septiembre de 2026 ::: La reapertura de la Sala Nezahualcóyotl tuvo un poco de todo, pero mucho de épica. Enmarcada bajo la

luz de una luna llena, la joya de la corona universitaria volvió a presumir su monumental y ahora renovada acústica tras varios meses de rehabilitación. No era para menos: sus puertas se reabrieron en la coincidencia de sus 50 años de existencia, los 90 de la Orquesta Filarmónica de la UNAM, los 475 años de la Universidad de México, los 40 de la creación de la Coordinación de Difusión Cultural y el quinto aniversario del Festival CulturaUNAM.

México empataba a uno con Colombia, vía Gilberto Mora, cuando Rosa Beltrán, coordinadora de Difusión Cultural de la UNAM, dijo a los presentes: “Bienvenidos a su casa”. Luego el rector Leonardo Lomelí, tras saludar la presencia de cuatro de sus antecesores (Enrique Graue, José Narro, Juan Ramón de la Fuente y Jose Sarukhán), sentenció: “Después de un breve silencio… Por mi raza hablará el espíritu”.
Estalló entonces el goya, tras lo cual el silencio volvió para recibir a Sylvain Gasançon. El tom de un timbal dio inicio entonces a Fanfarria volcánica, la pieza que Gabriela Ortiz creó exprofeso, por encargo de la Dirección General de Música UNAM, para la ocasión.
Percusiones y metales abrieron la noche y se robaron el protagonismo antes de dar paso, luego de un par de minutos, a la incursión de los sectores de cuerdas. No fue casual, días antes, Ortiz advirtió que las grandes fanfarrias suelen conceder un papel preponderante a los metales y la percusión. Y así fue. Cinco minutos de un estreno mundial que acabó con el silencio de meses.
“Para mí era muy importante hacer una pequeña pieza, un homenaje para festejar a esta gran institución que es la Universidad Nacional Autónoma de México, celebrar también a la OFUNAM, así como la reapertura de la Sala Nezahualcóyotl. Entonces me pareció que la manera más adecuada para hacerlo era escribir una fanfarria, tenía ganas de hacerlo desde hace mucho, y esta definitivamente era la ocasión”, señaló.
Pero la compositora quiso que el sonido también dialogara con el espacio. Para tal efecto, convirtió a la arquitectura de la Nezahualcóyotl en parte de la obra. Una sección de metales fue distribuida en la parte trasera del escenario.
“Mi idea era que los instrumentos de metal estuvieran colocados en los palcos, no en la parte donde toca la orquesta, que es el escenario principal, sino que estuvieran arriba para crear un ambiente estereofónico y tener una espacialidad en el sonido que también alude un poco al lugar donde se construyó la sala”, explicó Ortiz.
Acto seguido, Arturo Chacón-Cruz, el tenor y rockstar mexicano, se apersonó para interpretar O figli miei!… Ah, la paterna mano, de Macbeth, de Giuseppe Verdi, y Nessun dorma, una de las arias más potentes de Turandot, pieza de Giacomo Puccini. No bastaría: Granada, del “Flaco” Agustín Lara, y O sole mio, a manera de bises, desataron los aplausos.
Vino el intermedio, Gasançon volvió a tomar la batuta y condujo a la OFUNAM para intepretar una obra prodigiosa, compleja, que en su nombre lo dice todo: la Sinfonía núm. 1, Titán, de Gustav Mahler.

::: Y sí, fue titánico

La orquesta universitaria atacó con precisión, dulzura, arrebato y potencia la que ha sido descrita como un poema sinfónico. Cuerdas, metales y percusiones se sucedieron en perfecta armonía por espacio de casi una hora en lo que pareció un homenaje al músico y compositor austrobohemio por la precisión con la que fue ejecutada.
Fue una demostración de virtuosismo, de titanismo, del oficio de una agrupación que con 90 años a cuestas demostró, y aquí no hay exageración, estar a la altura de las mejores orquestas del mundo. Gasançon, titán. La OFUNAM, titanes. La Sala Neza, titánica.
Cinco décadas de conciertos, estrenos, encuentros y reencuentros, un regreso a casa no tan largo como el de Odiseo, pero sí épico y monumental. La Neza, renovada y guapa, recibió de nuevo a la orquesta, su orquesta, en el mismo paisaje volcánico que inspiró la obra de Gabriela Ortiz y con la que el silencio, por fortuna, se rompió.