Evocación chavista de López Maya

El raciocinio es fruto de la inteligencia y la educación, pero no siempre los más inteligentes y mejor educados son dechados de esa virtud sublime y, por el contrario, algunos hasta tienden

a la obcecación y poseen ideas arbitrarias o petrificadas.

Teodoro Petkoff, un venezolano de convicciones y experiencias políticas complicadas con quien tuve la suerte de conversar ene veces, sostenía que quien no cambia con el paso de los años es un estúpido. Con su explosivo carácter, él no escatimaba en el uso del calificativo.

Debo aclarar que el objetivo de este artículo no es TP, pero me refiero a él porque fue un ciudadano de pensamiento en cambio permanente, sin que por eso se le pudiera etiquetar de saltimbanqui. Sus aprendizajes y riesgos comenzaron en la adolescencia con el estudio de teóricos variados, desde los marxistas hasta los liberales. Todo acompañado de la formación académica y de lecturas de historia, sociología y literatura. Su trayectoria fue pletórica en errores y jamás compartí sus ideales, pero siempre reconocí su inteligencia.

Así transcurrió la prolongada experiencia de Petkoff, desde el activismo comunista en la etapa liceísta y universitaria, hasta el paso por las guerrillas y las confrontaciones que en los gobiernos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni lo convirtieron en una leyenda por sus espectaculares fugas del Cuartel San Carlos y el Hospital Militar, en el proceso que lo decepcionó de las atrocidades estalinistas y lo condujo a la creación del MAS, luego al abandono de este y, finalmente, al acercamiento a quien por más de media vida había sido su némesis: Rafael Caldera.

Me vienen a la cabeza estos prolegómenos porque he vuelto a escuchar el discurso pronunciado por Margarita López Maya el 27 de agosto de 2004 en la Asamblea Nacional, con motivo de la ratificación de Hugo Chávez en la presidencia de la República. Y debo confesarlo, para mí fueron minutos de pena por las tantas frases dichas sin sonrojo por una persona de su estampa.

Sin repetir y menos sintetizar lo que a mí me empujaría a esconderme debajo la cama, me pregunto por qué la doctora López Maya no se paseó por los muertos y heridos dejados por Chávez el 4 de febrero de 1992, por sus años de conspiraciones contra la democracia; por la cadena de atropellos que ya en el 2004 Chávez había cometido contra medios de comunicación y periodistas, contra los derechos civiles de los venezolanos y contra los vejámenes a los derechos humanos.

En el momento de aquella intervención claramente chavista, el comandante barinés ya se aproximaba a seis años en el poder y solo había ganado sin trampas la primera elección, mientras los colectivos diseñados en La Habana repartían palizas por aquí y por allá y la corrupción campeaba.

La profesora López no tocó temas fundamentales como las escandalosas conspiraciones de civiles como Los Notables y las arbitrariedades del fiscal Escovar Salom contra el hoy reivindicado presidente Pérez.  Habló, eso sí, contra el neoliberalismo sin fijarse si lo que decía era correcto o no. Pero bueno, como no voy a descalificar los adornos universitarios de una dama, me limito a preguntarme por qué ella no se ha arrepentido públicamente de la insensatez de su pieza oratoria.  Es verdad que ahora habla de los abusos de Nicolás Maduro, pero eso no es suficiente para dar lecciones de intelectualidad.

Por todo eso me referí al doctrinario Petkoff, cuyas actuaciones examiné en mi libro En voz alta, porque él no solo escribió Checoslovaquia, el socialismo como problema, obra en la cual se deslindaba del comunismo, sino que que desafió la ira del secretario general del Partido Comunista de la URSS, Leonid Brézhnev  y demostró la evolución que caracterizó su inteligencia y cultura. Se equivocó muchas veces  y corrigió, porque para él era un asunto de conciencia y credibilidad. Ah y advierto: no soy doliente de quienes metían la pata en la democracia, porque mi deber periodístico era desnudarlos y así lo hice.