Destaca Cristina Rivera poder transformador literario

Ciudad de México, México ::: 3 de septiembre de 2026 ::: En el conversatorio de clausura de la octava edición de la Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los

Universitarios (Filuni), celebrado en el Centro de Exposiciones y Convenciones de la UNAM, la escritora Cristina Rivera Garza volvió sobre un ensayo brevísimo de Josefina Ludmer, teórica argentina de la literatura, en el que se afirma que ciertas escrituras contemporáneas fabrican presente. No lo hacen: lo fabrican, con todo lo que el verbo arrastra de taller, de materiales y de mano de obra.

“Me sigue intrigando muchísimo esa frase, no porque la entienda, sino porque me produce una intriga que es existencial, pero que también es política”, confesó la autora ante un auditorio de estudiantes cuya compostura les reprochó con humor. La intriga tiene forma de pregunta: si escribir es siempre fabricar presente, ¿alguna vez dejamos de hacerlo?
“¿Saben cómo noto si un libro está funcionando para ser presente? Es el tipo del que ni siquiera puedo terminar de leer y ya estoy escribiendo algo”, ofreció como criterio de lectura. El libro que fabrica presente interrumpe, obliga a discutir, empuja a contradecirlo con alguien más.
La poeta y ensayista Sara Uribe, que acompañó a Rivera Garza en el diálogo, desordenó deliberadamente el volumen y comenzó por el final para rastrear las raíces de su reciente libro de ensayos Escrituras geológicas. De ahí la genealogía: en Los muertos indóciles (2013), Rivera Garza había propuesto la desapropiación como estética crítica; ahora habla de la desedimentación, un desplazamiento que incorpora las condiciones materiales de la escritura y su vínculo con la tierra.
“Realmente, cuando estamos escribiendo, siempre lo hacemos con otros”, explicó al desmontar la figura del genio solitario, atormentado y casi siempre hombre. Desapropiar, aclaró, no consiste en negar que tomamos de otros, sino en levantar el velo y mostrar qué hay debajo: qué lecturas, qué chismes familiares, qué experiencias ajenas se volvieron materia prima de un libro que después firmamos solos.
El salto a la geología ocurrió por la vía más literal. Durante la pandemia, Rivera Garza consideró estudiar un doctorado en dicha disciplina; las universidades le pidieron una licenciatura en ciencias y ella calculó que diez años eran demasiados. Se conformó con la divulgación, lo suficiente para advertir que aquellas otras voces, vistas materialmente, eran capas y sedimentos que había que ir levantando.
En ese tránsito aparecen Kathryn Yusoff, Elizabeth Povinelli y Christina Sharpe, así como los autores que el libro examina: Balam Rodrigo reescribiendo a fray Bartolomé de las Casas, Gabriela Cabezón Cámara quien reelabora el Martín Fierro a una escritura queer, José Revueltas hablando de la piedra con una modernidad que parece de hoy.
“¿Le vamos a hablar a la roca? ¿Le vamos a decir le roque? ¿Vamos a inventar otra palabra?”, planteó al abordar el descentramiento de lo humano, esa consigna que sus estudiantes de doctorado en la Universidad de Houston repiten con entusiasmo. Es fácil enunciarla y dificilísimo ejecutarla: obliga a rehacer la gramática, la noción de párrafo, la de personaje, el lugar del silencio, detalló la autora. Cada pregunta filosófica, insistió, tiene que encontrar casa en la sintaxis.
De ahí su idea de inacabar el pasado. En clase le enseñaron a preguntar qué quiso decir el autor, ejercicio más cercano a la necromancia que a la crítica, dijo; ella prefiere preguntar de qué sirve un texto aquí y ahora. Leer, escribe en el libro, es desenterrar y resucitar: citar los libros para que comparezcan en nuestro presente y se vuelvan, señaló, nuestros compas.
Ese materialismo tiene consecuencias prácticas. En sus propios talleres, Rivera Garza empezaba leyendo a Marx (algunos alumnos se marchaban) y hoy no pregunta por qué un personaje actúa así, sino dónde está localizada la acumulación. Con la poeta Concha Urquiza, canonizada como mística, hace las preguntas que nadie hace: si trabajaba, quién la mantenía, cuánto ganaba. El sistema literario, advirtió, sigue atravesado por clase, género y raza, y esa policía que decreta qué es literatura y qué no aún patrulla.
“Escribir geológicamente es escribir con nuestro momento y nuestro lugar, desde nuestro cuerpo”, resumió al cierre de la conversación.

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