La reciente Cumbre del Escudo de las Américas, celebrada el 7 de marzo en Miami bajo el liderazgo de Donald Trump,
no fue solo una reunión más. Fue la fotografía nítida de un continente que se reorganiza sin México. Doce líderes latinoamericanos —desde Javier Milei hasta Nayib Bukele— sellaron una alianza franca contra el crimen organizado, la migración descontrolada y la influencia de potencias extrarregionales. De la lista brillaron por su ausencia México, Brasil y Colombia. Tres de las economías más grandes de la región quedaron fuera del “escudo”. El mensaje fue inequívoco: el eje que hoy une a las Américas ya no pasa por nosotros.
Hasta hace poco, aún contábamos con un puñado de aliados ideológicos en el continente. Hoy esos pilares se derrumban uno tras otro como piezas de dominó.Cuba es el primero en caer. El régimen de Miguel Díaz-Canel tiene los días contados. La semana pasada Trump reiteró que Washington está dispuesto a una “friendly takeover”, una toma amistosa que, según sus propias palabras, podría no ser tan amistosa. Las negociaciones ya están en marcha y la presión es asfixiante. El socialismo cubano, agonizante tras décadas de miseria, se prepara para su capítulo final.En Colombia, las elecciones de 2026 están a la vuelta de la esquina. Los sondeos más serios muestran un empate técnico entre el oficialismo y el opositor Abelardo de la Espriella. La visita de Gustavo Petro a Washington a principios de febrero no fue casual: fue la señal de que el presidente no está dispuesto a quemar las instituciones ni a robarse la elección. Todo apunta a una transición ordenada. Colombia, uno de los pocos gobiernos de izquierda que aún quedaban, cambiará de signo.
Brasil sigue la misma ruta. Las encuestas de marzo colocan a Flavio Bolsonaro en empate técnico con Lula da Silva, y el hijo del expresidente Bolsonaro ya recorta distancia semana a semana. Con las elecciones presidenciales de octubre —primera y segunda vuelta— a la vista, el péndulo brasileño se inclina hacia la derecha. Cuando caiga Lula, el mapa político sudamericano habrá cambiado de color.
Al final de 2026, México se quedará prácticamente solo en el continente con un único aliado: Nicaragua. Y vaya aliado. Mientras El Salvador, bajo Bukele, cerró sus fronteras al crimen y protegió a su población, por Nicaragua sigue pasando toda la podredumbre: trata de personas, narcotráfico, corrupción. El régimen de Daniel Ortega no ofrece oxígeno; ofrece un espejo incómodo de lo que podríamos llegar a ser.
Fuera del continente, el panorama no es mejor. Nuestro aliado “natural” debería ser España, por la afinidad ideológica con el gobierno de Pedro Sánchez. Sin embargo, las constantes exigencias de disculpas históricas han enfriado la relación hasta convertirla en mera formalidad diplomática. Y Europa entera, por su parte, se encuentra redefiniéndose ante el nuevo orden mundial. Nadie tiene tiempo ni ganas de cargar con un México aislado.
Estamos ante la caída en cadena del llamado “socialismo del siglo XXI”, aquel que se alió con narcos y terroristas y que hoy se desmorona país tras país. México aparece como la última pieza del dominó. La que aún no ha sido empujada, pero que ya siente el viento.
Es hora de despertar. No podemos seguir atrapados en este laberinto de la soledad continental, como si el mundo fuera a esperarnos eternamente. El aislamiento no es destino; es elección. Los mexicanos debemos exigir a nuestra clase política que deje de lado dogmas y rencores del pasado y busque, con urgencia, nuevos puentes. Porque en el siglo XXI, un país sin aliados no es soberano: es vulnerable. Y la vulnerabilidad, en este nuevo mapa global, se paga muy cara.
César Daniel González Madruga