México misándrico

México atraviesa una metamorfosis silenciosa pero devastadora. Bajo la actual administración, lo que inició como una arenga

política de búsqueda de justicia para las mujeres ha degenerado en un sistema de misandria cultural estandarizada. Hoy, el Estado no busca la igualdad, sino la cancelación jurídica y social del hombre. En el México de hoy, las leyes han dejado de ser un terreno parejo para convertirse en una herramienta de persecución donde el hombre, por el simple hecho de serlo, ha sido borrado de la protección constitucional. 

La realidad es alarmante. Voces valientes como las de Transformalia o Los Debatibles han comenzado a denunciar lo que muchos callan por miedo: la institucionalización de las denuncias falsas. Estamos siendo testigos de un contubernio perverso entre sectores radicales y agentes del Ministerio Público. El modus operandi es tan cruel como efectivo: se inventa un acoso o un abuso, se presenta la denuncia y, de inmediato, comienza la extorsión. Si el hombre no paga las sumas exorbitantes exigidas por la denunciante, el sistema, operando bajo una "perspectiva de género" mal entendida, le otorga credibilidad total a la acusación sin necesidad de pruebas. El resultado es la cárcel para el inocente y el lucro para la calumnia.
 
Este fenómeno no termina en la celda; se extiende a los juzgados familiares, donde el tejido social se desgarra. Los niños son hoy las víctimas invisibles de leyes que, al demonizar al padre, terminan por dejarlos en la orfandad funcional. 

El feminismo radical justifica estos excesos mediante una interpretación distorsionada de la historia. Es necesario precisar, como bien señala Agustín Laje, que la incursión masiva de la mujer en el mercado laboral no fue únicamente una concesión política, sino una demanda del mercado. Con la Revolución Industrial y el fin de las "fábricas inmundas" del siglo XIX, la fuerza física dejó de ser el requisito indispensable, abriendo paso a una nueva dinámica económica. Ignorar esto para alimentar un resentimiento histórico contra el hombre es, además de un error intelectual, una injusticia presente.

Pareciera que, ante un gobierno que poco tiene que presumir —con trenes que se descarrilan, refinerías que se incendian y servicios públicos en declive—, la única bandera triunfalista en la agenda es la "afrenta" contra el hombre. Se presume como éxito el aumento de hombres en prisión, mientras se persigue y se pone contra las cuerdas a influencers y activistas que se atreven a cuestionar el dogma oficial.

Sin embargo, hay una luz de esperanza. Las nuevas generaciones están despertando. Es notable la ausencia de jóvenes en las recientes marchas del 8M; las adolescentes y mujeres jóvenes ya no compran el discurso del conflicto perpetuo. Ellas buscan una realidad distinta para heredar, una donde el amor y la colaboración no sean sustituidos por el odio.

Es crucial distinguir: ser pro-mujer significa exigir dignidad y seguridad para ellas, algo en lo que todos coincidimos y que es muy diferente al feminismo radical. Pero hoy surge una fuerza poderosa: las mujeres pro-hombre. Madres, hermanas e hijas que han visto a sus seres queridos sufrir el rigor de la misandria legal y hoy son las primeras en alzar la voz. Ellas saben que la misandria —el odio al hombre por ser hombre— es tan dañina como la misoginia. La gran diferencia es que hoy, en México, la misandria es promovida desde el poder.

Urge equilibrar la balanza. El mundo que estamos dejando a nuestros niños está lleno de tabúes y conflictos artificiales. La ruptura del tejido social es profunda, pero no irreversible.

No podemos permitir que la justicia sea sustituida por la venganza ideológica. Es hora de alzar la voz por la igualdad ante la ley, esa que hoy es inexistente. Un México justo solo será posible cuando la ley proteja a la persona, no al género, y cuando la verdad vuelva a ser el único criterio para juzgar a un ser humano.

César Daniel González Madruga

@CesarG_Madruga