El frenético aleteo de colibríes, el lento caminar de osos de anteojos, recorridos por senderos ecológicos

 y la gastronomía andina, en medio de los verdes paisajes del Quito rural, se posicionan como destino turístico en tiempos de obligatorio distanciamiento por la covid-19.

El municipio ve la ruralidad como una opción turística para dinamizar la economía de la urbe en momentos en los que la capital ecuatoriana avanza en la desescalada, con la prohibición de aglomeraciones.
“Tradicionalmente la mayoría de ingresos del turismo se quedaban en la ciudad, pero ahora hay mayor interés por llegar a espacios naturales”, explicó a Efetur Patricio Velásquez, gerente técnico de la empresa municipal Quito Turismo.
Y es que el mandato universal de mantener el distanciamiento para evitar contagios, junto a la necesidad de reactivar la economía y la urgencia humana de ver la calle después de meses de aislamiento, han hecho de esa otra parte de Quito, menos conocida, un destino ideal.

33 parroquias rurales

Con una superficie urbana y rural de 4.230 kilómetros cuadrados, con disparidad de climas y pisos geográficos, Quito tiene 33 parroquias en las que el Municipio ha identificado 25 zonas con alto potencial turístico.
En algunas, como Nanegal y Calacalí ya existen proyectos consolidados, mientras que en otras zonas hay proyectos en desarrollo.
“Esta crisis se convierte en una oportunidad para convertir parroquias menos visitadas en nuevos destinos turísticos”, aseveró Velásquez.
A raíz de la covid-19, las zonas rurales han reforzado sus propuestas para sumarse a la oferta turística de Quito, hasta ahora volcada en la Mitad del Mundo -que recuerda el paso de la Misión Geodésica en el siglo XVIII para fijar la línea equinoccial-, y su centro histórico, uno de los mejor conservados de América y patrimonio de la Humanidad desde 1978.

Un turismo diferente

La pandemia del coronavirus ha afectado severamente el turismo, con un daño que asciende a 290 millones de dólares desde marzo, según Quito Turismo.
Ahora, en tiempos de austeridad y con la industria turística paralizada a nivel mundial, Quito quiere exponer al visitante una experiencia rural que incorpore gastronomía, caminatas y alojamiento, todo bajo medidas de bioseguridad.

Esperan al visitante lugares como la “Laguna de Secas”, en la parroquia Pintag, la Reserva Geobotánica Pululahua, o el Refugio de Vida Silvestre Pasochoa, a unas decenas de kilómetros de la ciudad y en los que se puede realizar camping, pesca o, sencillamente, caminatas en medio de una frondosa naturaleza.
Otra opción es la parroquia de Pacto, un lugar cuya economía se basa en la producción de panela y café, y donde proliferan cascadas naturales, bosques y aves como el gallito de la peña, endémica de los Andes y distintiva por la belleza de su plumaje.
Marco Pérez, vocal de turismo de Pacto, describe un paraíso natural de ríos con aguas cristalinas, montañas y cascadas, con frutas exóticas y una ruta de la panela.
“Formamos parte del Chocó Andino, una de las zonas más diversas del mundo”, destaca el funcionario, que han aprovechado la pandemia para el desarrollo de senderos y señalización de cara al futuro.

Ecoturismo

En la búsqueda de alternativas rurales ha participado la comunidad con la misión de apoyar la conservación de recursos naturales, en una versión de ecoturismo que genere nuevas formas de ingreso a los habitantes.
Este modelo ya rige en parroquias del noroccidente de Pichincha como Nono, Nanegalito, Nanegal, Gualea y Pacto.
Esta fusión de biodiversidad y comunidad llevó a la Unesco en 2018 a declarar “Reserva de la Biosfera” a la zona conocida como el Chocó Andino, por su flora y fauna, que incluye especies tan emblemáticas como el colibrí zamarrito pechinegro, olingos, tigrillos e infinidad de insectos, anfibios y reptiles.
Presidenta ejecutiva de la fundación Maquipucuna, en la parroquia de Nanegal, Rebeca Justicia señala que, además de bosques y cascadas con cientos de especies de aves, la gran peculiaridad de la zona es que se trata del “mejor sitio para ver osos de anteojos”.
El ecoturismo en esa parroquia da sustento a alrededor de 20 familias e, indirectamente, muchos comuneros, habiéndose convertido en “un motor de desarrollo, que ha sido el mejor antídoto contra la caza y la deforestación”.

Turismo comunitario

Pero mucho antes, a una hora de la Quito más urbana, se encuentra también Yunguilla, una comunidad donde la oferta turística es una experiencia de convivencia entre turistas y lugareños.
Aunque mermado por la pandemia, este inusual modelo de “turismo comunitario” que alimenta a un centenar de personas.
“No será fácil abrir a corto plazo, sin embargo, estamos planeando medidas de bioseguridad para de, a poco, recibir turistas y brindarles ayuda en senderismo, restaurantes, porque el tema de alojamiento si demorará”, puntualiza Germán Collaguazo, responsable coordinador general de la Corporación Yunguilla.
Un poco más al sur, sobre las laderas de los Andes, a 30 kilómetros de Quito, otro tipo de turismo cautiva a los amantes de las aves en la reserva de Yanacocha, hogar de varias especies de colibríes.
Para Gerson Arias, técnico de Quito Turismo, cinco aspectos hacen de Quito un “lugar mágico”: la amabilidad de su gente, la gastronomía, los deportes de aventura, el patrimonio cultural y una explosión de naturaleza que rodea a la asfáltica capital.

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