La historia moderna de México recordará las últimas décadas como el período en que la política nacional abandonó el terreno de la administración pública. Para mudarse de manera definitiva al territorio del mito.
Bajo el cobijo de la llamada "Cuarta Transformación", Andrés Manuel López Obrador ( AMLO ) edificó una hegemonía cultural inamovible cimentada sobre una premisa aparentemente incuestionable: la búsqueda del "bien común". Sin embargo, al confrontar sus dichos, sus libros y sus seis años de conferencias matutinas con el pensamiento de tres de los más grandes filósofos y críticos del poder — Aristóteles, George Orwell y Aldous Huxley — , la fachada moral se desploma, dejando al descubierto una profunda falacia autocrática.
El primer gran engaño, perpetrado por AMLO y mantenido por Claudia Sheinbaum Pardo, radica en la distorsión del concepto clásico de la política. Para Aristóteles, el bien supremo de la polis es la justicia y la estabilidad, alcanzadas únicamente cuando las leyes soberanas están por encima de la voluntad de cualquier individuo. El estagirita advirtió con precisión quirúrgica en su "Política" sobre la degeneración de la democracia hacia la demagogia, un vicio que ocurre cuando un líder apela a las pasiones de la multitud para socavar las instituciones republicanas. La máxima obradorista "Por el bien de todos, primero los pobres" se revistió de una supuesta justicia distributiva aristotélica, pero su instrumentación práctica operó en sentido contrario. Al estrangular presupuestalmente al Poder Judicial, desmantelar los organismos autónomos y sustituir el debate técnico por el decreto moral, el régimen no persiguió el bien común, sino la concentración absoluta del poder en la figura del gobernante, validando la advertencia histórica de que la masa, bajo el influjo del demagogo, termina por aplaudir la destrucción de sus propias leyes.
Si Aristóteles desnudó la arquitectura institucional del régimen, George Orwell proporciona la clave para entender cómo se mantuvo este andamiaje en la mente colectiva: el control absoluto del lenguaje y la realidad. A través de un ejercicio diario de neolengua, la administración obradorista redujo la complejidad nacional a un glosario de absolutos totalizadores. Términos como "conservadores", "fifís" o "adversarios" clausuraron toda posibilidad de matiz o disenso legítimo.
El periodismo independiente y la terca realidad de las cifras oficiales fueron sistemáticamente devorados por el doblepensar gubernamental. Bajo este mecanismo orwelliano, la sociedad asimiló y normalizó contradicciones flagrantes como verdades incuestionables: se militarizó el país entero entregando aduanas, puertos y seguridad pública a las Fuerzas Armadas, mientras se repetía el mantra de que "ya no hay militarización"; se pregonó una "austeridad republicana" que terminó por sepultar el sistema de salud pública y el abasto de medicamentos, transformando la carencia institucional en un supuesto triunfo ético. La célebre respuesta "yo tengo otros datos" no fue una simple salida retórica, sino la instauración del Ministerio de la Verdad en pleno Palacio Nacional, donde los hechos materiales quedaron subordinados al capricho de la narrativa oficial. Se solapa abierta e impunemente la corrupción, afirmando que se acabó la corrupción. reiterando cínicamente que ya no hay corrupción, cuando es visible y palpable que si hay corrupción.
Sin embargo, el triunfo definitivo del obradorismo no se logró mediante el miedo o la coerción violenta que temía Orwell, sino a través de los mecanismos de sujeción voluntaria que Aldous Huxley profetizó en "Un mundo feliz". López Obrador entendió que el ser humano del siglo XXI prefiere la tranquilidad económica inmediata y la gratificación psicológica antes que la fatiga que exige la vigilancia democrática. Las pensiones universales y las transferencias directas de efectivo operaron en el México contemporáneo como "el soma" huxleyano: un sedante de distribución estatal que alivió el descontento de las mayorías y, al mismo tiempo, adormeció su espíritu crítico.
A la par de este bienestar asistencial, el régimen implementó una eficaz hipnopedia matutina. La repetición geométrica de frases hechas durante miles de horas de transmisión moldeó el inconsciente colectivo, volviendo a la población inmune a las evidencias del fracaso gubernamental en seguridad o economía. Cuando las crisis arreciaban, la maquinaria estatal recurría a la propaganda de la distracción huxleyana, arrojando al circo público espectáculos mediáticos, rifas simbólicas de aviones y propiedades, o pleitos diplomáticos artificiales, para desviar la atención de lo verdaderamente estructural. La toma de decisiones se desprendió de la ciencia pura y la especialización técnica —tildadas de "neoliberales"— para abrazar un antiintelectualismo donde la fe ciega en la honestidad del líder desplazó por completo a la evaluación de resultados.
La falacia del bien común impuesta por Andrés Manuel López Obrador queda así al descubierto. No hubo tal bien común, porque no puede haber bien en la erosión de las leyes, ni comunión en una polis sistemáticamente polarizada desde el púlpito del poder. Lo que México experimentó fue una sofisticada autocracia moderna: una que utilizó la retórica demagógica para vaciar la república, la neolengua para reescribir los hechos y el somnífero del subsidio directo para comprar la docilidad de una sociedad que, entretenida en el espectáculo diario, entregó sus libertades a cambio de una ilusión de bienestar.
Eduardo Ramos Fusther
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@RamosFusther
Licenciado en Derecho (TECM), Licenciado en Administración de Riesgos, Seguros y Fianzas (Universidad Marista). Maestrante en Pedagogía (Universidad YMCA). Maestrante en Marketing Político y Opinión Pública (Universidad IEXE). Miembro del Consejo Internacional de Comunicadores (CINCO). Titular de "El Punto Crítico Radio". Editor del periódico El Punto Crítico. Con más de 50 años ejerciendo el periodismo.