La vida política del Duce Andrés Manuel está salpicada de claroscuros, verdades a medias y mentiras burdas, deslealtades y traiciones, ambiciones disfrazadas de patrioterismo, la politiquería como dinamo de la industria de la protesta que le permitió vivir con desahogo sin dar golpe, un millonario en

En esto del distractor llamado Pegasus ¿qué le parece si conjugamos el verbo espiar y concluimos con el verbo impune? 

El tema del espionaje político es viejo, tanto que Su Alteza Serenísima lo conoció en sus inicios como priista distinguido y aspirante al gobierno de Tabasco

Al Duce molesta e indigna se publiquen estadísticas derivadas de la pandemia del Covid-19  y el recuento cotidiano de muertos e infectados por este virus. Amarillistas, alarmistas y otros etcéteras llama el licenciado presidente a quienes divulgan el informe de la Secretaría de Salud de su gobierno.

La pregunta puede parecer irreverente.

Pero ante la cotidiana del estilo de gobernar del licenciado presidente, sin duda hay una franja la sociedad mexicana cuya simpatía por él linda en el fanatismo político con creciente fundamentalismo que busca la aniquilación del contrario, del que piensa diferente.

Andrés Manuel López Obrador es el típico ejemplo de quien nunca pierde, mínimo empata; o cuando pierde, arrebata, según reza el dicho popular en la paráfrasis de aquella película de la década de los 30 del siglo pasado: “Jalisco nunca pierde”.

¿Alguien se percató del cambio en la escenografía en las mañaneras en Palacio? La serpiente emplumada desplazó a los héroes que nos dieron patria, ¿Por qué imitar a don Pepe López Portillo con Quetzalcóatl y dejar en segundo plano a la imagen patriotera de aroma echeverrista?