Ho v12y no escribo en plural. No hay espacio para la tibieza cuando desde el poder se pretende instalar una narrativa
peligrosa: que el problema de México es que haya quienes ganen más.
Le pregunto, sin rodeos: ¿le molesta que alguien, por haberse preparado más, por haber trabajado más años o por asumir mayores riesgos, gane más que usted?
A mí no.
Lo que sí me molesta es la deshonestidad intelectual de quienes, desde la comodidad del poder, pretenden convertir el mérito en sospecha y el esfuerzo en privilegio indebido.
Porque estudiar en serio no es discurso: es sacrificio. Es irse lejos, dejar familia, perder momentos irrepetibles, vivir bajo presión constante, sostener becas con calificaciones impecables o perderlo todo. Es desvelo, disciplina y, muchas veces, soledad. Eso no lo entiende quien nunca lo ha vivido.
Por eso resulta tan cómodo —y tan irresponsable— descalificar desde la tribuna pública a quienes sí recorrieron ese camino.
Durante décadas, este país se sostuvo también por profesionales que entregaron su vida al servicio público: ingenieros, médicos, economistas, juristas, técnicos especializados y muchos más profesionales. que trabajaron en condiciones de riesgo real, en instalaciones estratégicas, construyendo infraestructura que hoy sigue siendo columna vertebral del desarrollo nacional.
¿De verdad ahora resulta que no merecen una compensación digna? ¿Que sus ingresos o pensiones son un exceso, pero no lo es la mediocridad promovida desde el poder?
El problema no es cuánto gana alguien. El problema es que desde el poder se quiera decidir arbitrariamente quién “merece” ganar y quién no.
Y peor aún: que se utilice información sensible para exhibir selectivamente a unos, mientras se protege a otros.
Porque la incongruencia es evidente.
Se construyen linchamientos públicos contra ciertos perfiles, pero se guarda un silencio conveniente frente a casos que también levantarían cuestionamientos legítimos: designaciones que desafían el sentido común, trayectorias endebles colocadas en posiciones estratégicas o beneficios obtenidos en tiempos que no corresponden al estándar que se le exige al resto de los ciudadanos.
Entonces no es justicia. Es selección.
No es ética pública. Es cálculo político.
No es combate a privilegios. Es administración del resentimiento.
Porque si el criterio fuera realmente moral, sería parejo. Pero cuando la vara cambia según la cercanía al poder, lo que queda al descubierto no es un principio, sino una intención.
Y esa intención es peligrosa: igualar hacia abajo, desincentivar el esfuerzo y convertir la excelencia en algo sospechoso.
Un país que castiga el mérito está condenado a la mediocridad. Un gobierno que decide quién puede prosperar y quién debe ser exhibido, deja de ser árbitro y se convierte en juez parcial y pierde autoridad.
México no necesita menos personas exitosas. Necesita muchas más.
Pero para eso se requiere exactamente lo contrario de lo que hoy se promueve: respeto al esfuerzo, reconocimiento al talento y reglas claras, no juicios selectivos desde el poder.
Porque cuando el éxito se castiga y la lealtad se premia, el mensaje es brutalmente claro: no importa lo que hagas, importa de qué lado estás.
Y ese, más que un error, es el síntoma de un país que está siendo empujado —deliberadamente— hacia abajo.
@eduardosadot
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