Ahora es por la espalda, ese es el pretexto y la justificación para dejar a la deriva y en manos de un burócrata
que de modales no sabe nada, a la Secretaría de Relaciones Exteriores. Juan Ramón de la Fuente fue el único exrector que se negó a firmar un documento en solidaridad a la Máxima Casa de Estudios ante los ataques del entonces presidente López Obrador y de la Jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum, ambos egresados de la UNAM a la que le deben no solamente su formación académica sino política.
De la Fuente argumentó que tendría que permanecer en el cargo de la ONU por lo delicado de la situación, cosa que por sí misma cae, debido a que nunca como hoy la relación de nuestro país con Estados Unidos y varios países como España, Panamá, Ecuador y Perú, por mencionar algunos, es humillante. Una parte importante de los conflictos y de la crisis diplomática, se le debe a De La Fuente por formar parte de un gobierno que ha dinamitado al Estado de Derecho y a las instituciones.
De La Fuente aceptó ser empleado de los porros y paristas que en su tiempo dañaron y procuraron desestabilización a la UNAM. Fue sumiso a López Obrador, a Sheinbaum, a Ebrard e incluso hasta a Mario Delgado que desde su oficina ofrecía embajadas a sus incómodos trabajadores.
De La Fuente es cómplice de llevar a nuestras casas diplomáticas a prófugos de otros partidos, inexpertos y francamente sospechosos de múltiples delitos. Guardó silencio ante el nombramiento y escándalo de Génaro Lozano en Italia o de Omar Fayad quien reconoció no tener mérito alguno para el cargo diplomático.
Sheinbaum es considerada persona non grata en Perú como AMLO en Ecuador. No supo anticiparse a las aprehensiones y entrega de los capos de capos a la DEA y FBI. Se mantuvo callado ante la abierta disposición de López Obrador para permitir acciones muy claras de los iraníes. Observó cómo en la ceremonia cívica más importante de México, la Independencia, el orador principal fue el dictador Diaz Canel.
Traicionó al distintivo universitario de ser decente, honesto y congruente al declarar que regresaba de la ONU a un cubículo de la UNAM para cumplir tareas de investigador y ya tenía pactado coordinar la campaña electoral de Sheinbaum.
Dentro de ese gobierno fue copartícipe del abandono de las madres rastreadoras que tuvieron que llevar su tragedia ante la monarquía española. Y ahora huye, se esconde ante las probables acciones de
Trump en México.
Dilapidó su fama pública, echó al barranco su moral, nunca fue bienvenido ni en la Casa Blanca ni en el Congreso estadounidense.
Las embajadas las convirtió el gobierno en cueva de presuntos delincuentes. A De La Fuente ni siquiera podemos asegúrale que la “transformación” lo hizo chiquito, él así era, diminuto. Ni chistó por el nombramiento de Gertz Mañero ante el Reino Unido cuando como fiscal persiguió a la comunidad científica de la UNAM.
De La Fuente es responsable de que la diplomacia mexicana esté desdibujada y la cancillería borrada. Era, y lo sabe, un estorbo sin ser considerado en la negociación comercial con Estados Unidos. Juan Ramón depuso su dignidad y como Ebrard se dobló, solo que a Marcelo se lo hizo Trump y el exrector fue a voluntad.
Perdió más su grandeza intelectual, cultural y política al exhibir su sumisión y reconocimiento a la presidenta (con a), solo le falto besarle la mano como lo hizo ella con Manuel Velasco.
De la Fuente se volvió irrelevante, gris, débil y algo que jamás se sacudirá de su Alma Mater, ser desleal. Que en realidad su salida del gobierno sea por su salud y no por cobardía.