Mafalda y el coronavirus

En medio del caos que reina entre millones de ciudadanos del mundo por el tristemente

 famoso coronavirus, sólo se me ocurre pensar en una de las frases más conocidas de Mafalda: “paren el mundo que me quiero bajar”.

¿Me pregunto si no sería ideal poder en estos momentos apearse del orbe y dejar que siga circulando sin el temor, casi global y de manera predominante que experimentamos las personas ante el riesgo de enfermar del virus asiático que nos amaga?

Más todavía: sería maravilloso abrir una escotilla y desde allí estar en condiciones óptimas de observar cómo se comporta el Covid-19. Imagínese qué pasaría si eso fuera posible. Seguramente reforzaríamos nuestro ego y ese sentimiento tan de nuestra época, según el cual es absolutamente posible y más aún deseable salvarnos de manera individual.

El Covid-19 nos pone sin embargo a prueba de manera generalizada e inmediata. En esto, como en otros fenómenos propios de nuestra época, así sean potencialmente menos letales en lo inmediato, cualquiera puede caer enfermo. La evidencia más a la mano la tenemos en Canadá con Sophie Gregorio Trudeau, esposa del primer ministro Justin Tradeau o en México con el presidente de la Bolsa Mexicana de Valores, Jaime Ruiz Sacristán. Ambos casos indican que en esto vamos parejos y que al coronavirus poco le importa la prominencia social, económica o financiera de sus pacientes, aun pudieran tener mejores paliativos y/o resistencias.

El desasosiego por el virus maligno surgido en la promesa económica creciente del siglo XXI explica además las compras de pánico, el temor a lo incierto y la conciencia en algún grado de la vulnerabilidad humana en una circunstancia histórica de la humanidad tan maravillosa y asombrosa en los campos de la ciencia y la tecnología, un momento que reta como en ningún otro tiempo las creencias y aún la fe sobre la existencia de Dios.

Otras versiones por dislocadas que parezcan apuntalan la argumentación casi darwiniana de que se trata de una necesaria autodepuración de la propia Naturaleza, que llega de vez en cuando para cobrar facturas por los daños propinados con desdén inconsciente y aún consciente pero altamente redituable a la Madre Tierra, lo que sugeriría una autocorrección al margen de la decisión, voluntad y capacidad antropogénica. Sea como fuere, el virus está allí.

En México, alguna cresta incendiaria alimentada por el virus plantea incluso la renuncia inmediata del Jefe del Estado mexicano por su presunta incapacidad, indolencia y, peor todavía, extravío mental que se fundamenta en su tesis propagandística de besos, abrazos, amor y paz. Esto mientras el número de infectados rebasa ya el medio centenar, se anticipan y prolongan vacaciones escolares y se instala en Hidalgo el primer hospital inflable para atajar la enfermedad generada en Wuhan, una de las diez economías más potentes del gigante asiático, a orillas del río más largo de Asia, el Yangtsé, conforme nos enseñaron en nuestros años primarios.

¿Y la capital del país? Si, la ciudad de México. El gobierno de la Doctora, que no médica claro, anuncia fondos para la atención del virus de la corona loca en tanto se decide qué más podrá hacerse para contener esta pandemia que lleva al titular de Turismo, Miguel Torruco, a expresar su desacuerdo con López Obrador, quien insiste en prodigar besos y abrazos en sus giras de fin de semana. Según Torruco, el coronavirus es un tema de seguridad nacional. ¿Y entonces? ¿Nos bajamos del mundo, al menos de éste? Sería bueno al menos mientras pasa todo esto.

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@RobertoCienfue1