Ruido ensordecedor

Por más que el presidente inicie cada día de sus días en horas de la madrugada pues

 nada que el país mejora. Y conste, no es que quien esto escribe tenga interés o deseo alguno de que al presidente le vaya mal. Por el contrario, aclaro con honestidad absoluta que deseo y me interesa su éxito porque parte de él sería el mío y el de millones de mexicanos, ansiosos y necesitados del nuevo rumbo para México que prometió Andrés Manuel López Obrador durante tantos años que recorrió el país para conocer sus principales problemas y adelantar con base en ese diagnóstico las soluciones posibles y deseables.
Pero nada, insisto. Lo que vemos es un presidente que cada mañana crea un conflicto nuevo para el país. Hay demasiado ruido, un ruido ensordecedor que emana del Palacio Nacional y que golpea cada 24 horas el entendimiento nacional. El ruido de Palacio está matando el silencio requerido para gobernar un país tan complejo como México.
Los mexicanos vivimos inmersos hace meses en la vorágine de las mañaneras y el presidente en su afanoso trajín cotidiano, pierde un tiempo precioso y aún la calma que requiere un gobernante sensato para examinar los problemas clave del país y abrir cauces de solución, que no de confrontación como muy desafortunadamente ocurre ahora casi por cualquier tema.
Los temas de la agenda nacional parecen en espera de “las calendas griegas”. En consecuencia, se agudizan los problemas que son muchos. El presidente insiste en victimizarse y en ver valladares de adversarios en cada punto cardinal. Ahora, incluso las mujeres que prometen una macro manifestación el 9 de marzo también ya fueron infiltradas por la derecha -¿Quién más podría ser?- Antes que buscar soluciones se erigen argumentos para la defensa no sé de qué o de quién. Se agradece incluso al ejército su desapego al canto de sirenas que lo convoca al golpe de Estado, pero se desconoce quién o quiénes podrían osar levantarse contra el gobierno más legítimo y legal –sea dicho así- del México contemporáneo.
El escenario nacional es hoy más ruido que nueces. No hay espacios para la construcción sosegada, estratégica y de largo aliento de un país, que se pretende estrenó su acta de nacimiento con fecha de julio de 2018. La visión es sesgada, corta e intrascendente para un país anhelante y demandante de soluciones y no de inventos para pasar el día.
Aun así, somos un país enclavado entre las 15 primeras economías del mundo y sumamos casi 130 millones de personas, de todo tipo de desarrollo, incluyendo unos 12 millones de indígenas. México requiere un gobierno con visión de futuro que no se arrope en el pasado para justificar su futilidad.
Como mexicano promedio poco me sirve tener un presidente que come en fondas, viaja en líneas comerciales y se encierra en Palacio cuando no anda de pueblo en pueblo. ¿Cuánto vale el tiempo de un Jefe de Estado? ¿Cuánto me ahorra en cada comida en fonda? ¿Para qué quiero un presidente que se escabulle –por no sé qué razones o motivos- de la escena mundial?
Preferiría ver un presidente con visión de Estado, que piense más en el país como un todo y menos de manera segmentada, un presidente que se ocupe de todos o al menos de la mayoría, que deje de estigmatizar incluso al adversario y que incorpore lo que éste pueda aportar –que algo debe tener bueno-. Un presidente con el tiempo necesario para reflexionar, leer y escuchar, uno que consulte y atienda a expertos y no sólo a partidarios, peor si son sumisos y genuflexos.
México exige y necesita mucho más que gritos y sombrerazos, enconos inútiles y pueriles y embestidas ideológicas más que objetivas y reales para construirse como un país viable, nada más pero nada menos.
¿Habría que recordar que estamos en el siglo XXI? Requerimos construir un futuro para 130 millones de personas. No es una tarea sencilla, pero será imposible si hacemos a un lado a la tercera parte más vigorosa, innovadora y capacitada. Se requiere de todos y cada uno de nosotros.
Cuando ya estamos en el segundo año del gobierno de la así llamada esperanza se percibe más incertidumbre, miedo y decepción, lo cual es harto peligroso. Las desilusiones siempre son peligrosas y vengativas.
La terca realidad se nos impone al margen de los “otros datos” presidenciales. Una economía sumida en el marasmo, un clima de inseguridad que agobia y crea zozobra en todos los ámbitos, insatisfacción creciente por la ausencia de servicios en muchos rubros y no sólo en el potencialmente delicado de la salud.
Proyectos de infraestructura que no acaban de iniciar y ni siquiera anunciarse como el relacionado con la energía. ¿Cómo podrá México proseguir y/o comenzar la tarea ingente que tiene a la vista? ¿Culpando, descalificando, estigmatizando al pasado? En todo caso, éste último también nos pertenece, pero no para repudiarlo ni satanizarlo, sino para aprender de él y proseguir en la construcción de un país futuro que nos escamotea la 4T en medio de un barullo intenso y grotesco, pero sobre todo anquilosante y garañón.

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@RobertoCienfue1