Es la ira ¡Carajo!

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Las campañas políticas —denominadas jurídicamente como precampañas— se han apoderado de la órbita informativa de los mexicanos. Radio, televisión, cines, redes sociales, correos electrónicos, mensajes de texto, todo está plagado de información relacionada con los mensajes que transmiten tanto los (pre) candidatos, como sus partidos políticos. Es parte de la democracia moderna el usar estos medios y mecanismos

para darse a conocer entre la población, válido y necesario pues las dimensiones de las sociedades modernas requieren de ello para poder difundir mensajes de forma masiva, lo que permite optimizar recursos y tratar de conectar con más gente en un periodo de tiempo menor. Sin embargo, lejos de lograr el objetivo, que es generar empatías con la sociedad, pareciera no estarse cumpliendo.

A lo largo de estos dos meses y días de “precampañas” los candidatos a la Presidencia de la República han difundido mucha información que resulta prácticamente insustancial. Tal vez algunas propuestas concretas que difícilmente han permeado en la sociedad, muchas descalificaciones y ataques entre ellos, que es lo que más se destaca y trasciende, y —sobre todo— demasiada presencia sin que ello implique verdaderamente una vinculación con el electorado.

Desgraciadamente, pareciera que la clase política no está conectando con la sociedad a la que —al menos en teoría— debiera aspirar a servir. Sus mensajes parecieran estar dirigidos a otras personas que no son, necesariamente, los votantes del hoy y el ahora. Por un lado, explotan recursos retóricos que exaltan el encono, colgándose del desprestigio de la actual administración al frente del Ejecutivo Federal; por el otro, el ataque hacia los contrincantes utilizando recurrentemente el adjetivo de “corrupto” y el intento fallido de retomar el miedo hacia la “venezuelización” de México. Todos esos mensajes, dimes y diretes, a la gente le son, por decir lo menos, intrascendentes para su vida.

La realidad es que, tanto partidos como candidatos, parecieran no entender que el gran problema de la sociedad es que está sumamente molesta con las instituciones gubernamentales y con quienes detentan el poder político. La razón: perciben que no están cumpliendo con sus obligaciones y no trabajan para mejorar la vida de los mexicanos. Llamémosle desilusión que, con el paso del tiempo, se ha convertido en ira y enojo en contra de todos aquellos que han defraudado no sólo la confianza sino a los valores que nos dieron origen como nación independiente.

Tradicionalmente, la sociedad confiaba en que el gobierno habría de ser un mecanismo para resolver sus problemas; hoy, además de ver con recelo a todo lo que tenga que ver con él, lo perciben como el enemigo, el antagónico a todos los valores que representan lo bueno, lo correcto y lo valioso; aprecian a los gobernantes como parásitos que se aprovechan del poder para enriquecerse de forma rápida y a costas de la gente que vive al día y ello, necesariamente, genera enojo y exalta la ira.

Mientras los candidatos y sus partidos no comprendan que la gente busca un cambio que, de alguna manera, les garantice el reencausar los esfuerzos gubernamentales hacia la búsqueda del bienestar general, las preferencias electorales se basarán en buscar quien sea más antagónico al sistema político vigente —el antisistema— y que pueda ser una opción de venganza en contra de quienes han traicionado la confianza y expectativas de la mayoría de los mexicanos.

@AndresAguileraM